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domingo, 29 de mayo de 2011

Opinión polémica: Castellani y la cultura argentina

miércoles, 25 mayo 2011
El cura marginal
Lo único que falta ahora es que la cultura argentina empiece a descubrir aCastellani. No sé, no lo veo. Por mí encantado, pero no lo veo. Lejos de mí cualquier exclusivismo sectario o elitista —tan lejos como estoy de aquel adolescente que escuchaba Pink Floy y King Crinsom, y se congratulaba (en su pequeño rebaño) de que esa música no fuera masiva. Tampoco me molestaría un acercamiento meramente estético al cura, como un outsider o un exótico. Me parece improbable, nomás; no veo que haya material para eso. Pero no me disgustaría. Dudo que fuera peor que la apropiación nacionalista-católica. Y seguramente sería mucho mejor que ese lanzamiento que intentaron en España (Prada) como el «Chesterton argentino» -entendido éste a su vez al modo católico español en registro «anti-progre». Ay. Por suerte, esa movida no prosperó - si no me equivoco. Justo acabo de leer a un católico brasileño tradicionalista postulando aGustavo Corção —católico de derecha, ingeniero, converso, ensayista mediocre— como ... ¿adivinan?...."el Chesterton brasileño". Es para llorar. Aunque también puede ser un título justo... en otro sentido, no para caracterizar la calidad de ese católico, sino la calidad del catolicismo brasileño - y por extensión latinoamericano: allá tienen a Chesterton, acá tenemos a ... Gustavo Corção. (Y a Meinvielle ladrándole a Maritain, y ...)
Por eso, y a pesar de todo, a pesar de los malentendidos y decepciones imaginables, y a pesar de las limitaciones (la chantada, la gansada, el prejuicio arbitrario y el ocasional mal gusto), a pesar de que sólo puedo recomendarlo hasta ahí, Castellani es de esas pocas figuras de la familia que me gustaría que fuera más conocido. En particular, me gustaría (y esperaría) que le agarren cariño al personaje, más que a sus ideas... Y disculpen si es mala disyuntiva.
hernan   ~   25/05/2011   ~  # comentar

viernes, 27 de mayo de 2011

Digresión sobre la Obediencia

(fragmentos), de El Ruiseñor Fusilado.

La "santa obediencia" es una gran virtud. Pertenece al género de las virtudes morales, que se discute si en el cristiano son infusas o no son infusas; y a la especie de la virtud de la "Religión"; al cuarto mandamiento, Primera Tabla; deberes para con Dios, y no para con el prójimo: los padres representan a Dios.
...
No hay que confundir la obediencia con la paciencia. Tener que hacer cosas absurdas por fuerza, no es obediencia sino paciencia. Y si se acaba la paciencia (porque la paciencia se acaba, algunas veces depende incluso de las fuerzas físicas), surge una singular especie de "desobediente".

De la santa obediencia (del poder de hacerse obedecer) se puede abusar, como de cualquier otra cosa. Si no existieran hoy día abusos, no solamente históricos (como nos consta), sino también teóricos de la santa obediencia, no nos meteríamos en este espinoso tema.

"¡Calla, calla, tapa, tapa!" Hay tiempos de callar y tiempos de hablar. O somos o no somos teólogos... periodistas.

Es conocida y famosa en la literatura ascética la Carta de la Obediencia, de San Ignacio de Loyola. Es una especie de tratadito apologético de esta virtud a los Estudiantes Jesuitas de Coimbra, impregnada de una vehemente exhortación. Escrita por Luis de Polanco, género retórico, sin errores teológicos, por supuesto, pero sin la teología completa de esta virtud; la cual no era su fin, desde luego. No es un escrito "científico", sino oratorio, exhortatorio.

Con ejemplos, ponderaciones y discursos trata de la excelencia de esta virtud, a la cual llama "ciega"; y da medios para practicarla. No está aquí la decantada frase perinde ac cadaver, aunque sí la comparación con el bastón de hombre viejo, de tanta menta. Dice que la obediencia es una virtud que trae consigo a las otras, las imprime y las conserva; que el que la posee a la perfección está en estado de perfección evangélica; qu se apoya en la virtud teologal de la fe y se le parece. Todo esto es verdad incontestable.

Mas la "carta" no define el fin específico de la virtud de la obediencia, su esencia filosófica, ni su dependencia de las otras virtudes. Apunta si de paso, sin explicación nada, sus topes extremos, que son el absurdo y el pecado; vale decir: no se puede obedecer en lo que es ilícito; y no puede haber "obediencia de entendimiento" delante de algo manifiestamente falso.

Notemos de paso que la expresión "obediencia de entendimiento" es metafórica y no exacta. La obediencia es una virtud de la voluntad y su sujeto no puede ser el entendimiento. "Obediencia de entendimiento" sólo puede significar obediencia en la que (por justas razones o sin ellas) se suspende el ejercicio del entendimiento. En suma, la voluntad puede hacernos cerrar los ojos; pero no puede hacer que veamos árboles azules o ranas con pelos, a ojos vistas.

No es necesaria ni es posible esta carta (mediocre y tosca en su teología, pero correcta en puridad) para explicar los abusos actuales de la santa obediencia, a que nos referimos arriba: basta para ello la pícara condición humana, y el apetito de mandar, tan fuerte en el hombre como los otros apetitos; y aún más fuerte a veces en los que han renunciado (mal) a otros apetitos -en virtud de la "ley de compensación". Hay casos en que la perra de la lujuria, echada por la puerta, vuelve sigilosamente por la ventana...

El abuso no procede de aquí, como estiman Chesterfield, Huxley y otros muchos; pero es posible que el abuso una vez existente haya encontrado punto de apoyo en la unilateralidad del documento, en su incompletitud teológica, su exageración encomiástica y sus ejemplos simplistas, que si no son tomados cum mica salis, pueden hacer concluir erróneamente. Es sabido que toda práctica (viciosa o no) tiende siempre a hacerse su teoría o a tomarla prestada en cualquier parte.

La práctica viciosa con respecto a la obediencia religiosa se podría resumir en estas proposiciones teóricas-falsas:

- La obediencia es la principal de las virtudes.
- La obediencia suple a las otras virtudes.
- La obediencia suple, por ende, a la conciencia; se puede abandonar la propia conciencia (y es fácil, cómodo y seguro) en manos ajenas.


Esto es falso y llevaría a una monstruosidad; a la obstrucción de la espontaneidad vital del hombre y, por tanto, de toda moral; y a la substitución, por lo jurídico y lo mecánico, de la vida interior, propia de cristianismo. Cristo liberó la conciencia humana del yugo insoportable de la religión exterior y formalista del fariseo; nos liberó de "la Ley", como repite hasta el cansancio San Pablo.

Santo Tomás advierte (y es obvio) que el hombre está obligado a consultar su conducta con su propia razón; pues no será por la conciencia de otro que será juzgado por Dios, sino por la propia. Abandonar y suprimir el ejercicio de la propia razón en cuanto a lo más importante de la vida, la propia conducta moral, sería una mutilación y un crimen -lo mismo que sacarse los ojos-, si es que fuera posible físicamente extirpar la propia conciencia del todo.

No dice esto la "carta" ciertamente; pero no se puede negar que sus expresiones místicas y ponderativas tiran hacia allá y dan asa a la interpretación que Pascal, Chesterfield y Huxley le dan, de donde salió la vulgar calumnia contra los jesuitas, de "suprimir la personalidad humana". Demasiadamente preocupado por reducir al súbdito que obedece a poco, Polanco olvida al superior que manda demasiado.

Pero mandar demasiado existió mucho antes que esta carta: siempre. Es una acariciada tendencia de la condición humana, la voluntad de poderío. Hay tres tipos de esos hombres que los españoles llaman mandamás: el inepto, el prepotente y el perverso.

Hay hombres que abusan de la autoridad, por lo mismo que tienen poca, como esos hombres sexualmente débiles que son extremadamente salaces. Teniendo pocos dones de mando, pocas luces o poco prestigio o poca energía y constancia, en suma, poca aptitud nativa, y estando (indebidamente, por cierto) en puesto de autoridad, para mantenerla no tienen más remedio que exagerarla, haciendo alcaldadas, como dicen; y levantando mucho la voz en el Ordeno y mando. ¡El sargentón! El temor de no ser obedecidos o la semiconciencia de no merecer el mando, los hace mandones. Son más ridículos que temibles: el "comisario de campaña" puebla los sainetes argentinos.

El segundo tipo es más de temer, el prepotente. Ha sido ganado por el deleite de imponer su voluntad, que es un deleite como cualquier otro, y aún mayor que otros. Hay religiosos que por el hecho de haberse encerrado y haber renunciado a la mujer, se estiman ya libre del todo del mundo y sus pasiones: algunos de ellos caen en las pasiones espirituales, que son más peligrosas que las carnales -sobre todo cuando no han purgado a fondo (por la noche obscura) la raíz de las carnales. A algunos, las renuncias que han hecho les han dejado en el fondo una cicatriz, y a veces una verdadera úlcera de ressentiment; que busca sigilosamente "compensaciones"; y las halla. El poder corrompe siempre a aquel que lo desea; este hombre convierte a su prójimo en instrumento, y, por tanto, deja de ser su hermano. La angurria del mando, la sensualidad del poder, es una pasión tan peligrosa y más grave que la otra sensualidad; pero vaya usted a contar esto a uno de estos mandamases cuando ya se ha encaprichado y ha comenzado a endiosarse. El gusto de meterse en la vida y la persona del prójimo, de ser juez de sus actos y aun pensamientos, de cortarlo a la propia medida, de recoger la gloria del trabajo y del valer ajeno, de sentársele encima a uno que vale más que nosotros, se vuelve una pasión devoradora, que fácilmente se ciega y se ignora a sí misma, disfrazándose. Este mandamás todo lo hacer por Dios, por la Iglesia y por la Orden...

"Los Calzados (de aquel tiempo) -escribe San Juan de la Cruz- están tocados del vicio de la ambición, mas todo lo que hacen lo coloran de religión y celo del servicio divino: de manera que son incorregibles."


De esta pasión nacen los manejos por mantenerse en el poder, el ocultar fracasos, la simulación, el compadrazgo y el rasque con los otros sarnosos, las camarillas, la animosidad a los que pueden oponerse o simplemente ven claro; los informes falsos, la intriga, la mentira y la venganza; destrúyese como consecuencia inevitable la fraternidad y después toda caridad, incluso la simple convivencia.

La pasión del mando conduce a la perversidad: el tercer tipo de hombre que abusa de la autoridad es el perverso, el que destruye para tener la sensación de que él es dueño, de que él es más, es decir, en el fondo, de que es Dios: porque es el vicio capital de la soberbia lo que está aquí en el fondo. El gran caractólogo Klagues, en su penetrante estudio acerca de la perversidad, caracteriza al perverso como una "voluntad pura", un querer por querer, una monstruosa adjudicación del prójimo al propio capricho, solamente por ser capricho mío:

La maté porque era mía...
Y si ella renaciera
Otra vez la mataría...


Eso se ha visto; y no sólo por desgracia en el pobre gitano de la copla; esa ebriedad de la voluntad propia que únicamente se nutre ya de sí misma, que llega hasta la voluptuosidad de destruir, lo cual es perversidad; por la sencilla razón de que el destruir algo es el supremo acto de dominio. Los asesinatos repetidos y sin motivo alguno de los perversos clásicos, de un Jack-the-Ripper y un Bela Kiss -para no hablar de un Tiberio-, tienen en el fondo esta pasión llevada a la locura; pero existe mucho más frecuente el tipo "negativo", el funcionario destructor, que odia a todo lo que sobresale y siente un sordo rencor a la vida -"dolor del bien ajeno", como definen a la envidia. Es sabido que la ley del tirano es abatir toda cabeza que sobresalga. Haec lex tiranni est: onme excelsum in regno cadat.

"La envidia es la roña de los claustros" -dijo Unamuno-; mas cuando la envidia existe en los claustros, sobre todo esa envida general del "lebenracher" -que dice el alemán-, es mucho peor que una roña. Afortunadamente no existe, sino por excepción, según creemos.

Bastan estas ligeras indicaciones acerca de los tres tipos de "mandamás", el sargentón, el prepotente y el tirano, para comprender lo que vuelve a la "santa obediencia" una cosa non sancta, y la destrona de su categoría de virtud y de perfección humana, convirtiéndola en un "instrumento", que puede llegar a ser instrumento de muerte.

La pobre Carta de la Obediencia, como dijimos, no puede haber sido causa de esta desviación tan grande, carece de toda proporción con ella; sería un absurdo manifiesto creerlo. Mas bien, es plausible que haya sido ella misma un efecto del entronizamiento en Occidente del "hombre prometeico" sobre el "hombre yoanno" -que diría Schubert-, que suelen marcarlo como visible en este mismo tiempo, en el Renacimiento; es decir, el entronizamiento de la acción sobre la contemplación, del derecho sorbe la caridad, de lo exterior sobre lo interior en la cristiandad; la devoración de lo psicológico y lo personal, por lo jurídico, lo legal y lo automático -la "juricidad" eclesiástica, los códigos, reglamentaciones y edictos excesivos substituyendo a las relaciones flexibles y humanas de la amistad; la burocracia impersonal e impasible en el gobierno de la Iglesia. "No os llamaré siervos, sino amigos" -dijo Cristo.

Sea ello como fuere, la cuestión es que la obediencia es una virtud moral, que sólo puede permanecer virtud en el ámbito de la caridad y en acuerdo con la prudencia. La virtud cardinal de la prudencia regula todas las otras; la virtud teologal de la caridad las inicia y las corona. Sin esto no hay virtud verdadera, sino simulacros de virtudes; las virtudes no-donantes que odió Nietzsche.

No sería virtud alguna obedecer a un loco, evidentemente: como no lo es dejarse guiar por un ciego. Ponemos el caso extremo para que se vea lo que queremos decir. Si el loco tiene el poder y puede castigarme, me someteré para evitar mayores males, si acaso, pero eso no es virtud de obediencia. Es el caso que dice el hijo de Martín Fierro:

Dice creo San Francisco,
O quizá fie Samcho Panza,
Esta notable alabanza:
Que un superior bueno es ángel,
Pero un malo es semejante
A un loco con una lanza.


Prudencia es la recta regulación de lo por hacer; es la percepción de medios y fines. Si un medio no es pato para un fin, ni la autoridad del superior ni la "obediencia" (o sumisión) del súbdito cambiarán la naturaleza de las cosas, a la cual respeta siempre la prudencia. La obediencia versa siempre acerca de medios, no de fines. Entonces es el caso de manifestar su error al superior (cuando hay verdadera convivencia) o bien substituir el medio indicado por el medio apto, lo cual se llama interpretar la voluntad del supeior..., lo cual supone a su vez que el superior fue sincero.
...
Y éste es el otro caso en que no funciona más la obediencia, ni puede ser virtud, cuando no existe el ámbito y la atmósfera de la caridad, por lo menos en su grado mínimo. Rota la convivencia, luego no se puede hablar de obediencia.

Obedecer a un enemigo sería locura; porque un enemigo tira a destruirme. Sería suicidio. De modo que cuando surgen en un claustro oposiciones, animocidades personales y rencores -que pueden llegar al odio profundo-, hablar de obediencia o desobediencia es el cuento del tío. Lo peor para las víctimas de estas situaciones es que no surgen ellas de golpe, ni son claras al instante, sino que "devienen". Después de pasadas se ve claro; pero mientras devienen, la perplejidad de conciencia es una gran tortura, sobre todo para una conciencia delicada -porque la Iglesia tiene el poder de obligar "en conciencia", poder tanto más fuerte cuanto más fe y amor tiene el obligado. La tortura de la perplejidad de conciencia -the divided soul de los psicólogos-, es una de las peores que existen, dice Juan de la Cruz. ...

En resumen, esto es teología elemental, y aun puro buen sentido: la virtud de la obediencia no puede existir sino dentro de la caridad y junto a la prudencia. La caridad es el núcleo central del cristianismo -amar a Dios y amar al prójimo- y debe iniciar, acompañar y coronar todas las virtudes. Lo malo en el fariseísmo -que es substracción de la caridad- es que conserva las formas y las palabras de ella. "Extreme todos los recursos y finuras de la caridad, y después impóngale el precepto" -oímos decir una vez. El precepto era imposible e inhumano; pero se extremaron todos los recursos y finuras de la caridad: después se aplastó al tipo por "desobediente". Esto es una cosa muy seria dentro de la Iglesia; es peor que un crimen. Es el pecado contra el Espíritu Santo.


jueves, 26 de mayo de 2011

Los Castellani de Florencia I

No sabemos a ciencia cierta si Leonardo Castellani descendía de la célebre familia florentina. Sabemos sí, gracias a la investigación del Dr. Randle, que su padre y abuelo provenían sí de Florencia. El Padre no se refirió mucho al asunto, excepto en un artículo para Dinámica Social, donde dice: “Los Castellani de Florencia parecen que fueron también mecenates, además de físicos, aurífices y guerreros.” Veamos, entonces, a los Castellani de Florencia.



La familia de los Castellani, según los historiadores florentinos clásicos Ugolino Verino y Giuseppe Maria Mecatti, era originaria del pueblo de Sant’ Andrea del Castello di Cascia. Con el tiempo llegó a ser poderosísima y tenía la mayor parte de sus posesiones sobre la vía Aretina, en las localidades de San Niccolò, Bagno, Ripoli en la zona de Incisa; también en la parroquia de Cascia, en particular en Cetina, Montanino, Rota, Cancelli, Leccio, Sant'Agata, Ostina, San Giovenale, etc. Su florecimiento se inició a partir del siglo XIV con Lotto y su hijo Vanni. En la segunda mitad del XIV la figura más importante de la familia fue Michele di Vanni di Lotto: caballero de la Espuela de Oro, varias veces embajador de la República florentina, tres veces Prior y dos vueltas Gonfaloniero de Justicia.



Ya en 1210 aparece una familia de Castellani (castellanos, encargados del cuidado y administración de un castillo) residentes en el sestiere de S. Piero Scheraggio. Antes, a fines del siglo XII, figura un cierto Josep ó Ioseppo, el primero de la familia mencionado. Un hijo de Ioseppo, de nombre Altafronte, aparece como Consejero de la Comuna florentina en 1197. Sabemos que Altafronte tuvo muchos hijos, entre ellos Anselmo y Capitano, que fueron también Consejeros. Para algunos, esto sería prueba del origen de los Castellani como rama de la antigua familia de los Altafronte, que tenía el castillo del mismo nombre en el pueblo de San Piero Scheraggio, en las afueras de Florencia.



Sin embargo, hasta antes del siglo XIV, no aparece nadie notable de apellido Castellani en Florencia. No es sino hasta mediados del siglo XIV, cuando operaban una de las más grandes casas bancarias, que se convierten en una de las principales familias florentinas. Y, con seguridad desde la década de 1350, los Castellani conformaban una de las familias dominantes del quarter de Santa Croce en Florencia, junto a los Alberti, Peruzzi, Antellesi y Baroncelli.



Sabemos que al menos desde el siglo IX existía un complejo fortificado sobre el río Arno en San Piero Scheraggio, perteneciente a la vieja familia de Altafronte que dio nombre al castillo. En 1180 el castillo pasó a la célebre familia gibelina de los Uberti. La inundación de 1333 dañó gravemente el antiguo castillo sobre el Arno, y los Castellani, quienes aparentemente ya tenían una participación en él, adquirieron la totalidad del mismo. El imponente castillo de Altafronte, con cuatro torres, ubicado junto al río, fue propiedad común de toda la familia, hasta que, finalmente, a mediados del siglo XV, tras un largo litigio, pudieron dividir la propiedad; lo que produjo la ruina de varias ramas menos pudientes de la familia.



Aún hoy existe la Capella Castellani, o del Sacramento, en la célebre iglesia de la Santa Croce de Florencia, situada en el brazo derecho del transepto, y donde se puede admirar un ciclo de frescos de Agnolo Gaddi que data de 1385.
Los Castellani eran muy devotos de la Virgen. San Juvenal y San Antonio Abad eran los antiguos patrones protectores de la familia. Luego agregaron a los populares santos Bartolomé y Blas Obispo. Estos patrones gentilicios están presentes en el Tríptico de San Giovenale, en Cascia de Regello, parroquia de San Pietro (Valdarno Superior), de 1422, atribuido a Masaccio.



Con seguridad histórica tenemos al primero de nombre Lotto, que había sido cabeza de la rama principal de la familia, considerada de antigua extracción noble. Tanto Lotto, como su hijo Vanni, fueron notarios y, poco a poco, se introdujeron en el negocio bancario. Para los primeros decenios del siglo XIV, los Castellani amazaban una discreta fortuna. Pero cuando en 1342 se produce el quiebre en cadena de los principales banqueros florentinos, los Castellani pasaron a los primeros lugares. Se aseguraron, al mismo tiempo, una posición privilegiada en la vida política florentina. Aliados con los Albizzi y los Strozzi, los Castellani formaron el partido intransigente, representante de la oligarquía florentina. Además, se procuraron bienes raíces en las localidades del Valdarno Medio: Vinci, Cetina Vecchia, Altomena y Cancelli.



Hacia fines de la Edad Media y comienzos del Renacimiento, los Castellani figuraban así entre los principales nombres en las finanzas y el Estado de Florencia. En el siglo XV, siguiendo una moda común de la época, como muchas otras familias ricas de la burguesía florentina, adquirieron tierras en la zona rural de Florencia: familias como los Castellani, los Carnesecchi y los Foraboschi compraron tierras en Cascia que habían pertenecido a sus antepasados.



Los Castellani de Florencia tenían el siguiente blasón gentilicio: d'argento, al castello merlato e torricellato di 2 pezzi di rosso, sormontato da una corona radiata d'oro con due palme al naturale (por concesión de Jaime, rey de Apulia) e una crocetta di rosso posta in mezzo alle palme decussate passante con esse per la corona. A continuación diversas versiones del escudo de armas:










Una muestra del poderío de la familia, al mismo tiempo que característico de la forma de administrarse, son los testamentos. Alrededor de 1370, Michele di Vanni Castellani hizo el suyo: Dejaba a sus dos hijos varones, Vanni y Niccolò, la suma de 2000 florines, y a sus nietos Alberto, Giovanni y Matteo, la misma suma. Además, dejaba a su hija Antonia 1000 florines para su dote, como ya había hecho con sus otras dos hijas, Caterina y Margherita. Ordenaba a sus herederos ocuparse del matrimonio de su sobrina Andreuola, hija de Guido Fereighi y de su hermana Gostanza. A sus otras hermanas, Filippa y Cicilia, las encarga a sus herederos en caso de necesidad. A messer Lotto Castellani, joven caballero sin riqueza (cuyo parentesco no se aclara), daba una anualidad de 200 florines; al hermano de Lotto, Stefano Castellani no dejaba nada, por ser de buena posición, pero sí a sus hijas Ghita y Catalana, 200 florines a cada una como dote. Por su parte, a Antonio di Lotto Castellani daba un granja en Avignon.

A continuación pasaremos revista a algunos de los personajes más conocidos de esta célebre familia florentina del Renacimiento.


lunes, 23 de mayo de 2011

Castellani en la prensa

Nos permitimos a continuación copiar el artículo entero para evitar su pérdida futura.


LECTURAS MARGINALES (II)
La máquina católica
El catedrático y escritor continúa la serie en la que rescata figuras olvidadas de las letras nacionales. En este ensayo, recupera la obra del jesuita Leonardo Castellani (1899-1981), hasta hace poco tiempo ignorado por la crítica, pese a que su obra merece un lugar de privilegio junto a la de Jorge Luis Borges y Roberto Arlt en la literatura argentina del siglo XX.
La máquina católicaPor Daniel Link

21/05/11 - 11:33

Variado. Escribió relatos policiales, sátira, crítica literaria, comentarios bíblicos y ensayos de pedagogía.
Esa mañana, el padre revisó su sotana cuidadosamente. Había encargado que se la plancharan con apresto porque suponía que tendría que posar para las cámaras, antes o después del almuerzo en cuya lista de invitados había entrado casi por carambola (“divina”, le gustaba decir ante sus amigos), pero del que decidió participar porque estaba íntimamente convencido de su derecho a integrar esa acotadísima nómina de representantes de las Letras Argentinas.
Mayo de 1976 había empezado por todo lo alto: el domingo 9, el presidente se había encontrado con científicos de renombre (hubo incluso algún Nobel). Días después, con ex cancilleres, y el 17 de mayo con las nuevas autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina, que dos días antes había difundido la Carta Pastoral Anual que subrayaba el necesario espíritu de comprensión para con las dificultades de la “nueva etapa”.
Aunque el padre Leonardo Castellani no se llevaba bien ni con los miembros salientes de la Comisión, ni con los nuevos, su nombre fue sugerido por ese cónclave como uno de los más prestigiosos que la “literatura católica” podía acercar a esa mesa, servida el miércoles 19 de mayo de 1976 en la Casa de Gobierno para “conversar abierta, francamente, de los problemas que atañen a la cultura en relación con la situación del país”, tal como el secretario general de la Presidencia, general José Villarreal, se encargó de promocionar en los diarios durante los días previos.
Retrospectivamente, más le valdría no haberlo hecho, porque dos de los invitados, por esos anticipos, comenzaron a ser impiadosamente acosados para que presentaran ciertos reclamos ante el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. La comisión directiva de la SADE –que había ganado las elecciones internas gracias a sus aliados del PC– presionó a su presidente, Horacio Ratti (invitado junto con Jorge Borges, Ernesto Sabato y Leonardo Castellani) para que entregara, además de una serie de reivindicaciones sectoriales, una lista con nombres de escritores desaparecidos o presos desde marzo (Haroldo Conti, Alberto Costa, Roberto Santoro, Antonio Di Benedetto, entre otros). Aunque Ratti quiso negarse a semejante encomienda, debió acatar la decisión de sus sádicos colegas.
Castellani, por su parte, había recibido la visita de “una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, [le] había suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti”, secuestrado en su casa el 4 de mayo. (“Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que había sido seminarista en su juventud. Pero, de cualquier manera, no me importaba eso, pues, así se hubiera tratado de cualquier persona, mi obligación moral era hacerme eco de quien pedía por alguien cuyo destino es incierto en estos momentos. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país”, declaró dos meses después Castellani a la revista Crisis.)
Pese a los informales hábeas corpus, el almuerzo fue tranquilo, y la tenacidad de los historiadores nos ha regalado con exactitud el curso del servicio (budín de verduras, ravioles con salsita de tomates, ensalada de frutas), la satisfacción de los comensales y las trivialidades de los intercambios conversacionales en ese momento crítico: los problemas de la vista, la baja calidad de la comida norteamericana, la necesidad de un consejo de notables para la regulación de los medios masivos, el descuido del idioma... Sobre ese almuerzo, que pudo haber cambiado la historia del país, se sabe todo. Algunos de sus participantes, sin embargo, han permanecido en un injusto olvido que el paso de los años apenas si comienza a torcer.
Se podría decir que a Horacio Ratti se lo tragó la tierra o la burocracia (con justicia). Pero la novelesca vida del “furibundo jesuita” Leonardo Castellani (Reconquista, Santa Fe: 16 de noviembre de 1899 – † Buenos Aires, 15 de marzo de 1981) habría merecido una película en cualquier país menos atónito ante los dictados del canon universitario, la pereza crítica y el negocio del libro.
Su obra, vastísima e inconmensurable (de mayor alcance que la de  Borges, menos nihilista que la de Sabato, de mayor plasticidad que la de Arlt: cuentos costumbristas, comentarios bíblicos, crítica literaria, parábolas camperas, relatos policiales, historias fantásticas, ensayos de pedagogía, la sátira en la revista Jauja, que fundó, y hasta una traducción anotada de la Suma Teológica del Doctor de Aquino), domina el siglo XX con un brillo que recién ahora comienza a percibirse.
En un reciente y heroico libro (Castellani crítico. Ensayo sobre la guerra discursiva y la palabra transfigurada, Buenos Aires, Cabiria, 2010), Diego Bentivegna se deja iluminar por las incandescentes proporciones de esa obra, sobre todo en lo que se refiere al jesuita como un teórico de la lectura (entendida en todas sus implicaciones prácticas: la crítica, la pedagogía, la interpretación de los textos sagrados, etc...).
Si bien Las nueve muertes del padre Metri (1942) fue considerado por Rodolfo Walsh como el mejor libro de relatos policiales escrito en nuestro país, Bentivegna va mucho más allá y recusa las corrientes hegemónicas de la crítica, cuya miopía le ha impedido situar su producción en el lugar que le corresponde. Castellani, en la perspectiva de Bentivegna, se coloca a igual distancia del elitismo de Borges y de las máquinas modernas de Arlt y Bioy Casares (tal y como Beatriz Sarlo las definiera alguna vez) y sin la noción de “palabra transfigurada” de quien dedicó su extraordinaria capacidad intelectual, entre otras cosas, a la traducción del Apocalipsis de Juan de Patmos y a los arrebatos nacionalistas, el panorama cultural de la modernidad argentina está incompleto. Bentivegna lee en Castellani una “utopía de la heteroglosia”. La hipótesis es fundamental para evaluar su peculiar nacionalismo pero, sobre todo, para enfrentar todas las fantasías concentracionarias del monolingüismo y el discurso único, respecto de los cuales nos sentimos hoy tan acorralados.
El lenguaje roto de Castellani (que toma piezas de la lengua culta, del cocoliche inmigratorio, de las lenguas clásicas y las jergas populares) se alza contra toda pretensión de pensar la literatura como cosa del espíritu (ningún afán vanguardista lo guía) y señala en la dirección del “arte encarnado” propio del cristianismo: una “palabra transfigurada” que es “una afirmación de la materia, del carácter corporal del acto estético”. 
Católico, Castellani no puede sino sostener los universales, pero su religio, como nos ha recordado Giorgio Agamben, tal vez provenga antes del relegare que del religare: no se trata de religar los vínculos plenos de los universales, sino de relegar todo reduccionismo abstracto: en esa tensión se sostienen las formas de vida, y en esos márgenes se deja leer lo que la literatura argentina (a través de sus obedientes acólitos) no quiere pensar sobre sí.
Diario Perfil, edición impresa, (Buenos Aires: 21 de mayo de 2011). 
Agradecemos al comentarista "Gregoris" que avisó en el bloc de notas Wanderer sobre la existencia de este artículo.

domingo, 22 de mayo de 2011

Profetas vivos, profetas muertos

Porque es muy fácil levantar sepulcros de mármol a los profetas muertos; lo difícil es reconocer como profetas a los profetas vivos, cuando todavía pesan. Un profeta muerto da dinero; un profeta vivo da disgustos.

Leonardo Castellani, Diarios.

El siervo de Dios José Gabriel del Rosario Brochero, cura del Tránsito, 
Leonardo Luis Castellani Conte-Pomi, ermitaño urbano, 
dos profetas que la Iglesia argentina desperdició.


viernes, 20 de mayo de 2011

Todas las cosas feas tienen muchos nombres...

    ¿Y cómo ven ustedes todo esto de ahora? ¿Qué hay ahora, para ustedes? —preguntó el curioso vejete.
    Yo veo esos “movimientos” que usted dice —dijo el cura—. Eso sí.
    Una especie de guerra civil insensata. Éstos —dijo Edmundo, señalando al cura—, que están sublevados contra el gobierno de una manera insensata, los “cristóbales”, puesto que nada pueden contra él; y el Gobierno que ha hecho contra ellos una cantidad de leyes que son claramente injustas. No sé quién empezó. Pero es el cuento de nunca acabar… Es una cosa atroz; ¡mire que estos dos, él y su hermana, han sufrido ya lo que no hay idea! Y no cejan. Al revés, cada vez parece más seguros…
    Bueno, esto del gobierno de ahora se llamaba “liberalismo”, y lo de éstos otros se llamaba religión católica o “iglesia” cuando yo era muchacho. Ahora se llama neocatolicismo o vitalismo cristiano por un lado; y a éstos los llaman cristóbales, viejo-católicos, nazis, aliancistas, rosistas o radicales…
    Todas las cosas feas tienen muchos nombres —dijo el cura sonriente.
    El eje de la historia argentina es la pugna entre el liberalismo y la tradición española. Y el liberalismo ha vencido. Eso es todo —dijo el judío—. La francamasonería, que es una creación de nuestra raza, fue su instrumento o brazo derecho; y egregiamente que trabajó, por cierto.
    Y así como aquí el liberalismo vino de afuera, también venció con el auxilio de afuera —dijo el cura—. ¡La expedición de Brasil!
    Así es si usted quiere —el viejo prosiguió con su voz de pájaro—, pero a mí me parece que ahora ya no hay “afuera”. El mundo se ha unificado. Lo que no pudo conseguir la Iglesia, lo hizo la Democracia: la unión de las naciones.


Leonardo Castellani, Su Majestad Dulcinea.


“Dulcinea Argentina”
(Ilustración digital realizada por Mariano G. Pérez
inspirada en la novela de Leonardo Castellani “Su Majestad Dulcinea”). 



miércoles, 18 de mayo de 2011

Perdón por el parate...

...pues hemos tenido una respuesta mucho mayor de lo que suponíamos. Abrumadoramente positiva.

Nos han transmitido muchas ideas para el futuro de este bloc de notas. Ideas, todas ellas provechosas, y que estamos analizando.

Este bloc de notas, Castellaniana, es de todos ustedes, desde viejos castellanianos, hasta los que recién lo están descubriendo, tanto hispanoamericanos como españoles europeos. 

No teman, por tanto, dejarnos sus preguntas, ideas, sugerencias, comentarios, correcciones...

domingo, 8 de mayo de 2011

Payada de la Virgen de Luján, en su día

Aquí me pongo a cantar 
con cualquiera que se ponga 
la mejor, la gran milonga 
que se habrá de perpetuar 
entre la Pampa y el mar 
y el que es mayor que los dos, 
cielo estrellado de Dios 
donde sus plantas están, 
canto a la Flor de Luján, 
canto a la Madre de Dios.
 

Dios hizo el cielo y el rayo, 
hizo el sol, hizo la estreya, 
hizo la Pampa sin güeya, 
hizo el toro y el cabayo, 
hizo al hombre, y aquí cayo, 
porque fue su obra mejor, 
pero el Mandinga traidor 
conoció que era de barro. 
Pecó el hombre, rompió el jarro 
y se le enojó el Criador.
 

Y lo echaron de la estancia 
pa la tierra del infiel, 
a tragar miseria y yel 
al que nació en abundancia. 
Pero su mesma ignorancia 
le dio compasión al Juez. 
Pensó un momento y después 
exclamó lleno de cencia: 
“Se ha de cumplir mi sentencia 
pero güelta del revés”.
 

“La muerte que al hombre aterra 
Yo a mí mesmo me la aplico: 
Yo soy grande y me hago chico 
y siendo Dios me hago tierra. 
Yo he de vencer esta guerra 
con las armas que me dan, 
porque vencer de rufián 
a Dios no es cosa que cuadre”. 
Y eligió para su Madre 
a la Virgen de Luján.
 

Aquí hay misterios muy fieros 
y aquí hay un pozo muy hondo; 
yo mi ignorancia no escondo 
ni me meto en agujeros. 
Aquí hasta los más matreros 
boleados quedarán, 
y jamás entenderán, 
porque es cencia infinita 
y “Eligió para Mamita 
a la Virgen de Luján”.
 

Miren qué humildá, qué empeño 
el del Hijo de Dios Padre, 
ir a elegir para Madre 
en un pago tan pequeño, 
El que es de este mundo el Dueño 
no se guía por las ropas, 
podía ir por las Uropas 
a elegir las potentadas. 
Pudo sacar as de espadas 
y robó cuatro de copas.
 

Y de que Dios la encontró 
güena Madre y cariñosa, 
guapa, limpia, habilidosa,
y su corazón probó, 
al tiempo que la dejó, 
quiso hacer algo que asombre 
y le dijo: “Por mi nombre 
y estando en esta cruz triste, 
Madre de Dios güena juiste: 
Yo te hago Madre del hombre”.
 

Guacho pampa a dónde irías 
cuando no tuvieras madre, 
vos que sos duro de encuadre 
y de pocas tiologías. 
Vos que te hayás estos días 
guacho en la tierra que hiciste: 
te han quitado hasta el alpiste 
para darte la instrucción, 
te han quitado el corazón 
y te dan un libro triste.
 

Reina del Plata, Señora 
del pobre crioyo olvidado, 
techo que nos ha quedado 
contra esta lluvia invasora. 
Estreyita pa la hora 
de la tormenta feroz, 
mira que se vuelve a Vos 
mi alma que no desconfía, 
porque si sos madre mía, 
sos también Madre de Dios.
 

Madre de Dios, Madre mía, 
y no quiero saber más, 
hacéme morir en paz 
con Dios y con Vos, María. 
Al filo de mi agonía 
no recordés mis reveses, 
recordá en vez cuántas veces 
y ya desde muy guachito 
yo te recé el “Bendito”, 
la salve y los cinco dieces.
 
 
 

viernes, 6 de mayo de 2011

Non lo sapevate un corno...



A propósito de ciertas discusiones que están teniendo lugar en la blogósfera en estos momentos, a cuenta de filias y fobias, subidas y bajadas de los altares, obediencias y desobediencias, falibilidades e infalibilidades, nos permitimos iluminar un poco el debate con el siguiente texto de Castellani.

"El Papa es infalible, pero no en todo. Cuando declara solemnemente las cosas de la Fe, cosa que hace pocas veces, por cierto. Pero pretender como hace muchísima gente aquí que todos los Papas o tal Papa particular son maravillas de inteligencia y de rectitud, hasta llegar a renunciar al propio sentido moral, cerrar los ojos ante un error y una iniquidad manifiesta, y dar como anticatólico, o poco católico, o no católico al que no puede cerrar los ojos así, al que no puede renunciar a su sentido moral, eso es inventar un nuevo dogma, eso es rendirse a una superstición, eso es morar en plena exterioridad. 
"Los romanos que son muy religiosos y veneran mucho al Papa, también son muy inteligentes, inventaron una anécdota sobre la infalibilidad que se la colgaron a Pío XI. Contaban que el Papa se dormía por la mañana porque trabajaba de noche; y que buscó un viejito del Asilo San Michele para que le hiciera de sereno y lo despertara por la mañana a las ocho. Así que el primer día el viejito abrió la puerta y dijo: 'Santísimo Padre, son las ocho y hay buen tiempo'. Y el Papa contesta 'Giá lo sapevo', y se levantó. Al otro día lo mismo:'Son las ocho y hay buen tiempo'. 'Giá lo sapevo'. El tercer día ocurrió que el viejito mismo se durmió, se levantó muy apurado y fue corriendo a despertar al Papa; y con el apuro y la costumbre le dijo la misma fórmula: 'Santísimo Padre, son las ocho y hay buen tiempo'. Y el Papa dijo: 'Giá lo sapevo'. Y entonces el viejo le dijo: '¡Non lo sapevate un corno: sono le dieci e piove a finimondo!'. 
"En otros tiempos, cuando el Papa se equivocaba, los santos de aquel tiempo le decían tranquilamente: 'Non lo sapevate un corno', y el Papa mismo rogaba que se lo dijeran. Había más caridad. Había comunión."

Leonardo Castellani, San Agustín y nosotros.



jueves, 5 de mayo de 2011

Contepomi: Arbol genealógico

Interesante descubrimiento: el árbol genealógico de los Contepomi originarios de Reconquista, Provincia de Santa Fe.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Introducción

Damos inicio al bloc de notas Castellaniana, punto de encuentro para todos quienes nos interesamos en la vida y la obra del Padre Leonardo Castellani. 

Están todos invitados a participar escribiendo, comentando, arrimando textos, fotografías y dibujos.

Los que llevamos adelante este bloc de notas pretendemos convertir este sitio en un fogón donde todos, sin distinción, expertos y novatos, admiradores y estudiosos más ascépticos, conocedores y simples interesados, nacionalistas y no nacionalistas, puedan participar, debatir, intercambiar, preguntar, presentar aproximaciones novedosas, etc. 

Sólo pedimos respeto. En primer lugar, respeto por la figura de Castellani; no venga aquí a criticar sin fundamento o a arrojar epítetos. Si afirma algo respecto al Padre, tiene la obligación moral de demostrarlo y sostenerlo. 

En segundo término exigimos también respeto a los demás comentaristas y a los editores de este sitio. Si el debate llegase a ponerse áspero, le pedimos que aguarde a responder y evite reacciones airadas.